“La Guerra de los Últimos”: un apocalipsis que nunca termina de despertar

La Guerra de los Últimos (The Dog Stars) parte de una premisa que, en teoría, tiene mucho potencial: un mundo devastado por una pandemia, una sociedad prácticamente desaparecida y los pocos sobrevivientes obligados a reconstruir su existencia entre la soledad, la violencia y la incertidumbre. Sin embargo, la película termina convirtiendo esa atmósfera de supervivencia en uno de sus principales problemas.

Esta película de ciencia ficción post apocalíptica es lenta en su trama y aburrida en su desarrollo. Jacob Elordi no me transmite ninguna emoción en este personaje y la historia en general se siente plana. La verdad no es algo que recomendaría.

El problema no está necesariamente en su ritmo pausado. El cine postapocalíptico puede encontrar mucha fuerza precisamente en el silencio y la contemplación. El inconveniente aquí es que esos momentos no siempre consiguen construir una tensión emocional que justifique la espera. La historia avanza con demasiada cautela y, cuando finalmente aparecen elementos capaces de generar conflicto, el impacto resulta limitado.

Jacob Elordi interpreta a un protagonista marcado por la pérdida y el aislamiento, pero la actuación se mantiene demasiado contenida para una historia que necesita transmitir desesperación, miedo y vulnerabilidad. Su personaje parece estar permanentemente desconectado de lo que sucede a su alrededor, dificultando que el espectador establezca una conexión emocional con él.

Visualmente, la película sí consigue construir un mundo interesante: paisajes desolados, espacios abandonados y una sensación constante de vacío que ayudan a imaginar las consecuencias de un mundo que prácticamente ha desaparecido. Pero una buena atmósfera necesita estar acompañada por una narrativa capaz de aprovecharla.

La Guerra de los Últimos intenta ser una reflexión sobre la supervivencia, la soledad y aquello que queda de la humanidad después del desastre. El concepto resulta atractivo, pero su ejecución termina siendo demasiado plana y distante.

Una propuesta con buenas ideas que, lamentablemente, nunca consigue convertirse en la experiencia emocional que promete.